Carmen (de “La mujer bruja”, 1992)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Ilustrador: Caroli Willams, Sarmiento (Chubut)

El hombre le hizo señas desde un camión apuntando con el índice hacia la parte de atrás del auto. Estacionó en la banquina, desató el cinturón de seguridad y bajó: tenía una cubierta floja; la goma hacía una panza considerable. Puteó en voz baja casi por compromiso porque no sentía rabia. El día estaba lindo y no tenía apuro. Abrió el baúl, se puso unos guantes de cuero fino y parsimoniosamente comenzó a    cambiar la rueda. A su espalda, por el asfalto los autos pasaban dejando una estela caliente y olorosa. Un escalofrío le recorrió el espinazo al pensar en que, una pequeña desviación y...

Un olor más cercano y perentorio le hizo mirar debajo del auto: el tanque de nafta goteaba con azulinas gotas de combustible. Calculó que en muy poco tiempo quedaría vacío. Guardó todo apresuradamente y mientras seguía camino trataba de recordar si había un pueblo o estación de servicio cerca. El indicador de combustible marcaba poco menos de un cuarto. Vio un cartel de Vialidad y disminuyó la velocidad; leyó al pasar la primera indicación: CARMEN 38 km.

No recordaba ese pueblo... —Carmen— (se repitió dubitativo); hizo un esfuerzo por recordar algo, aunque fuera un detalle. No lo logró. La próxima después de Carmen era la pequeña ciudad que conocía bien a pesar de que hacía ya varios años que no pasaba por allí. Miró nuevamente el marcador: —No hasta la pequeña ciudad no llegaba— Ahora: CARMEN 28 km. —Increíble, pasé tantas veces por esta ruta y nunca me fijé—

 

Puso el guiño a la derecha para darle a entender a la parejita que hacía dedo que no seguiría hasta la ciudad. Saludaron. Los tuvo unos instantes en el espejo, senta­dos con la espalda apoyada cada uno en cada pata del cartel.

Un raro mecanismo de asociaciones le trajo a la memoria un cuento de Onetti (la adolescente en bici­cleta mirando al hombre desde el parque, la chica to­mando la cara del hombre y girándola para que la luz de la luna le ilumine la boca). Recordó que la chica (la que hacía dedo) tenía falda y unas medias tres cuartos. La entrada a Carmen lo sorprendió recordando detalles de Onetti ¿Porqué? La cara de la desgracia... Tan triste como ella...

El camino era un infierno de pozos y polvo blanco, las plantaciones de alfalfa lo miraban desde ambos lados del camino con millones de ojos azules.

Una ochava recién blanqueada lo recibió al principio de la calle (el resto del pueblo se escondía entre los álamos -altos-viejos-árboles). En el palenque varios caballos castigaban tábanos con la cola; a esa hora el sol tenía una actitud perpendicular, caliente.

Bajó y se quitó el saco arrojándolo en el asiento antes de entrar al negocio; la puerta, al abrirse, golpeó una campanilla colgada en el dintel y el cascabel dejó una melodía abstracta en el aire. El hombre que atendía el mostrador estaba de espaldas ocupado en la estan­tería repleta de mercadería (el boliche era el clásico negocio de ramos generales con despacho de bebidas incluido).

Buenas tardes.

—Buenasss. Dijo el bolichero demorando aún, antes de apoyar las manos sobre el mostrador lejos del cuerpo, la barriga pegada a la madera.

Mire. Tengo un problemita con el coche; el tanque de nafta está roto y casi no tengo nafta; ¿será posible arreglarlo? ¿Hay alguien que pueda hacer el trabajo?

El bolichero —que evidentemente no era muy conversador— lo miró primero a él y luego hacia afuera por la ventana con un gesto de concentración.

—Puede ser... (dijo dudando).

Otro hombre que estaba sentado cerca de la puerta se había acercado; se colocó de espaldas al mostrador apoyando los codos y preguntó dejando por entendido que tenía la solución:

—¿Cual es el problema?

—El tanque de nafta. Se pinchó.

—Ah, si... yo se lo arreglo.

Tenía puesta una gorra de visera y los ojos eran de gato, verdes y rasgados. De gato. Después... un ma­meluco desteñido. Le pareció inteligente y en general su aspecto, el tono de voz, la semisonrisa, le inspiraban simpatía. El bolichero (aliviado tal vez) continuó con su trabajo en la estantería.

Si quiere vamos hasta el tallercito que tengo aquí cerca; dos patadas y se lo arreglo. Eso sí, no creo que consiga nafta —pero no se haga problemas— mañana llega el camión.

—Bueno... vamos.

2.

 

 

 

 

Pensó que lo dejaría trabajando y volvería luego al boliche para comer algo y decidir sobre el asunto de la nafta aunque por lo visto no tenía mucho para elegir.

Volvió caminando desde el galponcito hasta el negocio con el cabo de una hoja de álamo entre los dientes; la calle estaba vacía —perro dando vuelta un tacho de basura y desbaratando un paquete—. No se sentía contrariado a pesar de todo; le resultaba risueño esto de caminar por una calle de Carmen, arreglar el auto en un taller del pueblo, hospedarse en el hotel de Carmen que aparecía como por arte de magia en su conocimiento, como si hubiera sido inventado a propósito, para que el pudiera reparar su coche. Carmen aparecía como un desafío a esa seguridad que solemos tener respecto del terreno que pisamos. Carmen existe y el no lo sabía. Las tres veces que el nombre aparecía en el primer lugar de otros tantos carteles como una apelación a la indiferencia de los viajeros no le habían llamado la atención.

¿Era posible? Si no estuviese caminando por esa calle; si no hubiera doblado a la derecha y tomado el camino de entrada, si no fuera por esos detalles concretos, aseguraría que esos nombres jamás estuvieron antes en ese primer lugar de los carteles; llegaría, incluso, a discutir la existencia física de Carmen, pero... aquí estaba.

Ya había caminado cuatro cuadras (o cinco) no podía precisarlo, y no llegaba al boliche. Le pareció que no estaba tan lejos aunque claro, lo habían hecho en auto ¿es que habían doblado en algún lugar? No. Anduvieron en línea recta.

Siguió una cuadra más y llegó hasta una esquina igual a las anteriores: un ángulo recto de álamos. Miró en todas direcciones (quería encontrar a alguien a quien preguntar). Nadie. Siguió y continuó viendo álamos, todos árboles añosos de grueso tronco en largas colum­nas de alto verde. Trató de encontrar una casa o gente detrás, mirando al otro lado por entre el follaje: había alfalfa florecida, extensas plantaciones de ojos azules, pacíficos, inmóviles en su serenidad vegetal.

Dominó la sensación de intranquilidad que se le insinuó en el estómago. Seguramente esto era producto de alguna de sus esporádicas distracciones que le estaban haciendo una broma pesada. Miró con atención tratando de encontrar los caballos que vio cuando estacionó frente al boliche. No estaban (aunque podía ser que sus dueños hubieran decidido marcharse en el ínterin).

Anduvo dos cuadras más con el mismo resultado y supo que no podía ser. La única posibilidad era que hubiese pasado junto a la casa sin verla. Regresó con cierto alivio caminando rápido contando con atención cada esquina.

Contó ocho. Ahora no encontraba el taller. Tampoco el boliche. Se detuvo a pensar. Debía trazarse un buen plan para resolver esto sin desesperarse.

En la media tarde la temperatura era agradable, no había viento, las hojas inmóviles de los altos álamos le daban al árbol una presencia ominosa. Añoró una dilatada pampa, un desierto de matas y coirones, mirar lejos, tener un horizonte redondo sin aristas.

Con cuidado comenzó a trepar un árbol. Rama por rama. De cuando en cuando apartaba las hojas y miraba: álamos. Siguió por varios metros árbol arriba. Cuando llegó a la parte más delgada se dijo que estaba a suficiente altura; miró en todas direcciones y encontró mar verde y cielo azul... mar verde y cielo azul; el sol estaba cerca de la línea verde y se alegró cuando, por lo menos, estableció el oeste como único resultado de la observación.

La bajada fue más larga y fatigosa. Tanto que por un momento pensó que continuaría eternamente. Porque no había llegado tampoco a la punta del árbol. Ya no podía asegurar nada, ni siquiera si el álamo tenía una copa, un final.

—Cuidado con la desesperación, ¡tranquilo! (se dijo). Estoy fantaseando demasiado.

Se terminaron las ramas y pisó tierra firme des­lizándose por la epidermis del viejo tronco rugoso, blanco, ceniciento de años.

Se notaba ya que el sol comenzaba a ponerse. No supo cuánto tiempo estuvo parado en la esquina pero de pronto tiritó: ya había refrescado. Bajó las mangas de la camisa y levantó el cuello. Recordó con desaliento que había dejado el saco en el auto.

Repentinamente inspirado buscó postes y líneas eléctricas o telefónicas. No había.

Agudizó el oído para tratar de oír los ruidos y voces de los pueblos por la tarde, los que su memoria le aseguraba que debían escucharse siempre en cualquier pueblo (siempre que no haya viento y que caiga serenamente la tarde). Había sólo un suave rozamiento de hojas multiplicado infinitamente. Un millonario rumor de alas verdes.

Pero él era un hombre práctico, elemental.

En una rama saliente del árbol que había trepado hacía unos instantes ató el pañuelo de mano (felicitándose por la costumbre de llevarlo, siempre, en el bolsillo derecho trasero del pantalón).

Tenía pensado andar, primero, diez cuadras en cada dirección a partir de la señal. Luego veinte y así, aumentar de diez en diez, hasta encontrar el taller, el boliche o casa o perro o el final de la calle. Cuando terminó el primer recorrido de diez cuadras, ida y vuelta en dirección al oeste (se jugó por ese punto cardinal pensando, quizá, en su pueblo de la pre cordillera), ya comenzaba a oscurecer.

El pañuelo era apenas visible. Dentro de un rato —al regresar del este— habría desaparecido de la vista. Pero tenía una solución: el llavero colgando del cinturón.

Lo anudó a la punta del pañuelo.

Impulsada por la brisa y el peso de las llaves, la rama comenzó a mecerse.

Al regresar del viaje hacia el este ritual, de donde viene la vida, una música metálica, de cencerros, se mezclaba con el fru-fru de las hojas. Ahora tocaba las veinte cuadras al oeste.

Fin